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Todo Demon’s Souls es, por así decirlo, un proceso de aprendizaje. Mientras juegas puedes ver la mano invisible del director del juego intentando guiarte con rectitud por Boletaria. La primera vez que pagas la novatada puede que tengas ganas de tirar el mando por la ventana, pero al cabo de un rato piensas “qué demonios, me lo merecía, si veo un pasillo despejado lo más probable es que me estén tendiendo una trampa, debería haber ido preparado”. Llegados a ese punto te das cuenta de que has establecido un vínculo especial entre jugador y desarrollador, desde ese momento el equipo de From Sotware se convierte en un severo tutor que te castiga cuando lo haces mal y te recompensa cuando lo haces bien. Duro, severo, pero nunca injusto.

De este modo, conforme pasan las horas, empiezas a sentirte realmente un guerrero legendario. Aprendes a olerte las emboscadas, conoces los sitios donde podría esperarte una sorpresa y desarrollas una intuición especial para identificar los puntos débiles de los enemigos (¿o acaso esperáis que haya en Demon’s Souls algún rótulo que te de pistas sobre dónde atacarle a cada jefe?). Cuando esto ocurre resulta frecuente sentirse todo un máquina, envalentonarse y bajar la guardia. Parece que nadie puede contigo. Entonces la mano invisible de From Sotware vuelve a escena para darte un coscorrón. Y cuando eso ocurre no les maldices, como al principio, sino que acabas dándoles las gracias “bien, me está bien empleado, por capullo, así aprenderé a no bajar la guardia”. Entonces vuelves a emplearte a fondo, agudizando los cinco sentidos en busca de una sombra que se mueve o unas pisadas amortiguadas a lo lejos. Si sigues las reglas y eres un alumno aplicado, el juego te premiará con una armadura soñada o con el arma perfecta para salir de un atolladero. Si no, morirás miserablemente y perderás todas tus preciadas almas. Otra vez. Y otra. Y las que hagan falta.

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La mala sombra

Si el artículo ha quedado mínimamente claro, hasta aquí Demon’s Souls ha quedado como un juego de rol atípico que combina clasicismo con elementos innovadores. Pero lo verdaderamente original y revolucionario es su modo online. Para empezar ni siquiera se trata de un “modo online” propiamente dicho, sino que con tener la consola conectada a internet se introducen automáticamente algunos cambios significativos en el mundo de Boletaria.

Lo que intenta Demon’s Souls es ofrecer algo así como un juego multijugador para un jugador. La experiencia de juego permanece inalterada y en ningún momento tienes la sensación de estar jugando “con gente”. La diferencia es que si estás conectado te encuentras en un mundo vivo.

Lo más evidente son los “ecos” de las partidas de otros jugadores. Mientras jugamos es posible ver fugazmente los fantasmas de otras personas jugando en sus propias partidas. Si les prestamos atención es posible recibir pistas sobre cómo afrontar una u otra situación. Si no, se trata de una presencia etérea que no molesta, unos espíritus perdidos de tantos en el mundo fantasmal de Demon’s Souls.



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